Disnea.

Con la sensación constante de estar atrapada en la corriente que me arrastra, sin aire y a punto de desvanecerme en algún momento, grito sin voz exigiendo a lo que me zarandea que me ahogue del todo o me escupa en cualquier orilla fangosa hasta gatear a tierra seca.

Y justo ahí, justo en el punto entre quedarme sin aire del todo o salir a la superficie, entre imágenes borrosas que me impiden aclarar si me encuentro más cerca del principio que del fin, Continuar leyendo “Disnea.”

Tres veces no.

Aunque parezca el título de una película mala tú y yo nos hemos negado tres veces como el que niega que miente en la escena del crimen.
Nunca debimos ser. Pero fuimos y estuvimos en una galaxia que ahora nos queda a años luz y nos convierte en absolutos desconocidos.
Fue un error.
La piedra en el camino.

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La posibilidad perdida.

Perdona por tardar en volver pero he estado mirando las nubes como si no pasara nada. ¿Te acuerdas de las promesas? Las hemos roto todas.

La que no fue, la que se fue. Todos tus discursos íntegros de pacifismo y respeto se vieron salpicados por el negro que escupió tu alma el día que decidiste juzgarme una y otra vez por no estar de acuerdo conmigo. Deja que te diga una cosa, no tienes ni idea de amistad.

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Goodbye.

Hace tiempo que no paso por tu mundo y me llamas ignorando el final inevitable de todo lo finito. Nuestro tiempo ha pasado igual que pasaron los días despreocupados llenos de ignorancia.

La barra que nos vió gobernar la noche sigue esperando un reencuentro que no va a suceder. Sigues siendo la reina del baile, y no voy a sacarte a bailar.

Te quiero, pero me tengo que ir.

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La nada de los idiotas.

Te iba a decir que te quería antes de que salieras por la puerta. Quédate, una hora más, toda la vida. Te iba a decir que te quedaras, a no hacer nada, a mirarnos, a guardarnos el silencio, a dejar las horas pasar en la rutina de esconder el huracán bajo la alfombra, a disimular como nadie, no te quiero, no me importas, no te miro nunca a escondidas.
Pero me miras con los ojos llenos de vacío y no encuentro fuerzas ni en mis huesos para intentar lo imposible. Te juro que tenía el cielo envuelto para entregártelo, la puesta de mi vida patas arriba firmada en un papel y un bol enorme de palomitas que comer mientras veíamos las caras de imbéciles que se les quedaba al vernos felices.
Sigamos con la nada. No pasa nada. Esto es lo normal. Aquí no hay nada, no llegaremos a nada. Huyamos como cobardes de la felicidad que por algún cruel motivo crees no merecer, ni hoy, ni ayer.
Podría decirte, te quiero, esperaré sin que me esperes ni lo pidas hasta ver en tu mirada una chispa que te haga reaccionar, pero apostar mi vida, mi vida, a una causa temerosa de romperse el alma, los huesos, los días y la voz, no es causa sino engaño y yo prefiero ver salir el sol desnuda que esperar eternamente lo imposible; que me mires y el mundo se pare.
Así que no, te lo iba a decir, pero no. Porque el problema es que la nada de los idiotas es el consuelo de creer que la conformidad es felicidad, que la rutina y la cobardía son seguridad, pero sobre todo que tú te creas que porque cuando me miras se me revuelva hasta el ombligo vendré a coserte el alma cuando te la hayan hecho trizas. Te equivocas.

Porque ya me estoy cosiendo la mía.
Con alas.
Para echar a volar.
Y hacerme un tanga precioso con las mariposas que me arranco del estómago mientras le juras a otra la rutina de mentira que le das como la felicidad más absoluta. Y algún día los ojos te harán tantas chispas que romperás a llorar, destrozado por el vacío que te habrá roto del todo por dentro al darte cuenta de que te mueres sin haber vivido nada mientras otros nos morimos pero de risa y experiencias insensatas que nos han llevado al éxtasis extremo. Pero tranquilo, que no pasa nada.

Por cierto, ya te estás muriendo.
Hoy ya es mañana.
De nada.