La casualidad.

Tocó a la puerta un día que yo no debía estar en casa pero estaba y me hizo replantearme si la vida es sarcásticamente cruel o tiene un sentido del humor extremo.

Otro día me la encontré en un país al otro lado del mundo donde se suponía que debía ser el último lugar en el que sucediese algo familiar y entrañable, obligándome a cuestionar si hay destino o plan divino que nos empuja de forma inevitable a caer por el precipicio. Continuar leyendo «La casualidad.»

El columpio.

La inutilidad de hacerse mayor nos engaña haciéndonos creer que seremos importantes algún día y que para eso debemos abandonar los sueños que establecieron los cimientos de lo que somos hoy.

La rutina es importante, pero a ratos me parece que si no construyo un fuerte con cojines en el salón el mundo acabará explotando entre tanta responsabilidad y racionalidad que nos distancia de la locura que deberíamos dejar correr de vez en cuando. Continuar leyendo «El columpio.»

El mar.

Hay un susurro ensordecedor en mi oído y no es ruido, es la brisa que me llama invadiendo cada espacio vacío, indicándome que respire despacio mientras inhalo la sal que al final me quedará en la piel como prueba determinante del delito.

La inmensidad formada por gotas me mira y se mece con fuerza ignorando los pies que están a punto de romperla. O te rompo a nado o me rompes tu a mí. Continuar leyendo «El mar.»

Verde.

Porque verde es el color de la mirada que me arropa cada día y me abraza aunque me equivoque cien mil veces y me tropiece otras dos mil.

La mano que me agarra antes de caer al suelo, la voz de la razón, de la experiencia, que huele a rosas al pasar dejando a todo el mundo impregnado de la magia que desprende. Continuar leyendo «Verde.»

El neurótico.

Me gustan los Sábados porque me despierto y sigues aquí, y tu presencia llena el hueco vacío que me impide verte despertar el resto de días ocupados de rutinas aburridas. Y desayunar sin prisa mientras nos miramos y sonríes porque tú sabes que yo sé que los dos sabemos que sigues siendo el ancla que impide que me haya perdido a la deriva. Y créeme, lo sé muy bien.

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