El cuervo.

Todo el veneno y todo el odio han ido adentrándose poco a poco, creando una membrana oscura recubriendo lo que late dentro de mi pecho, dejando pocas partes vulnerables a tanta mierda.

Donde al pinchar debería correr un hilo de sangre, se rompe la aguja dejando intacto el mecanismo que oxigena lo que da brillo a mis ojos. El tejido cicatrizal que me recubre por completo hace las veces de armadura, después de tantas y tantas puntadas hirientes que en lugar de hundirme han formado el escudo que te agota; al principio me hundías, ahora observo incrédula y me corroe la incógnita no resuelta, por intentar entender qué hay en mí que te provoque tal aversión.

Tengo el corazón negro de todas las veces que me has deseado cosas malas y la suerte ha seguido sonriéndome mientras yo le cogía la mano.

Es cierto que en ocasiones me sobrecoge que me quieras tanto mal, y otras sin más, me fascina la cantidad de odio capaz de guardarse dentro de una única persona.

El día que te abras en canal te van a salir litros de alquitrán de dentro.

Tampoco es que esté diciendo ser la santa que no soy, porque probablemente merezco cada ápice de tus malas intenciones; lo que quiero decir es que siempre es curioso el sacrificio de la felicidad propia por odiar a muerte a otros, al menos para mí.

Al final el odio es como el amor, une y ata con fuerza en contra de la voluntad de quien lo sufre.

Ahora el cuervo nos mira y sonríe.

Seguimos ligadas la una a la otra por el odio profundo que nos hemos jurado.

Disnea.

Con la sensación constante de estar atrapada en la corriente que me arrastra, sin aire y a punto de desvanecerme en algún momento, grito sin voz exigiendo a lo que me zarandea que me ahogue del todo o me escupa en cualquier orilla fangosa hasta gatear a tierra seca.

Y justo ahí, justo en el punto entre quedarme sin aire del todo o salir a la superficie, entre imágenes borrosas que me impiden aclarar si me encuentro más cerca del principio que del fin, Continuar leyendo “Disnea.”

El cobarde.

Has cambiado.- Me dijo entre descansos de una relación a punto de morir.
Como si el cambio fuese mejor que quedarse estancado en el mismo punto eternamente. Para siempre.
Pude decirle muchísimas cosas, era la oportunidad perfecta para hacerle saber que los juegos mentales y los chantajes baratos no son justos ni correctos en una relación de iguales, que quererse bien es quererse bonito y quererse libres, libres de cambiar, de ir, de volver, de crecer, de empequeñecerse, de equivocarse, de arrepentirse.

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El mundo y tu.

Hemos conquistado incontables calles contradiciendo a todos los que nos decían que era imposible quererse tanto sin romperse por dentro. Hay calles que nos han visto querernos más que las sabanas del hotel donde nos cosimos lento. Todavía llueve en aquellos rincones donde generamos tormentas de tanto mirarnos.

Deberíamos volver siempre antes de iluminar ciudades nuevas con el brillo de tus ojos. Volver a Madrid. Volver a Roma. Volver a casa. Volver a los lugares donde hemos sido tan felices que todavía hay rastro de mis huellas borradas para no encontrar el camino de vuelta nunca.

(Si para volver solo necesitas cerrar los ojos es que el viaje ha merecido la pena.)

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Goodbye.

Hace tiempo que no paso por tu mundo y me llamas ignorando el final inevitable de todo lo finito. Nuestro tiempo ha pasado igual que pasaron los días despreocupados llenos de ignorancia.

La barra que nos vió gobernar la noche sigue esperando un reencuentro que no va a suceder. Sigues siendo la reina del baile, y no voy a sacarte a bailar.

Te quiero, pero me tengo que ir.

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