El columpio.

La inutilidad de hacerse mayor nos engaña haciéndonos creer que seremos importantes algún día y que para eso debemos abandonar los sueños que establecieron los cimientos de lo que somos hoy.

La rutina es importante, pero a ratos me parece que si no construyo un fuerte con cojines en el salón el mundo acabará explotando entre tanta responsabilidad y racionalidad que nos distancia de la locura que deberíamos dejar correr de vez en cuando. Continuar leyendo «El columpio.»

El cuervo.

Todo el veneno y todo el odio han ido adentrándose poco a poco, creando una membrana oscura recubriendo lo que late dentro de mi pecho, dejando pocas partes vulnerables a tanta mierda.

Donde al pinchar debería correr un hilo de sangre, se rompe la aguja dejando intacto el mecanismo que oxigena lo que da brillo a mis ojos. Continuar leyendo «El cuervo.»

Disnea.

Con la sensación constante de estar atrapada en la corriente que me arrastra, sin aire y a punto de desvanecerme en algún momento, grito sin voz exigiendo a lo que me zarandea que me ahogue del todo o me escupa en cualquier orilla fangosa hasta gatear a tierra seca.

Y justo ahí, justo en el punto entre quedarme sin aire del todo o salir a la superficie, entre imágenes borrosas que me impiden aclarar si me encuentro más cerca del principio que del fin, Continuar leyendo «Disnea.»

El cobarde.

Has cambiado.- Me dijo entre descansos de una relación a punto de morir.
Como si el cambio fuese mejor que quedarse estancado en el mismo punto eternamente. Para siempre.
Pude decirle muchísimas cosas, era la oportunidad perfecta para hacerle saber que los juegos mentales y los chantajes baratos no son justos ni correctos en una relación de iguales, que quererse bien es quererse bonito y quererse libres, libres de cambiar, de ir, de volver, de crecer, de empequeñecerse, de equivocarse, de arrepentirse.

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El mundo y tu.

Hemos conquistado incontables calles contradiciendo a todos los que nos decían que era imposible quererse tanto sin romperse por dentro. Hay calles que nos han visto querernos más que las sabanas del hotel donde nos cosimos lento. Todavía llueve en aquellos rincones donde generamos tormentas de tanto mirarnos.

Deberíamos volver siempre antes de iluminar ciudades nuevas con el brillo de tus ojos. Volver a Madrid. Volver a Roma. Volver a casa. Volver a los lugares donde hemos sido tan felices que todavía hay rastro de mis huellas borradas para no encontrar el camino de vuelta nunca.

(Si para volver solo necesitas cerrar los ojos es que el viaje ha merecido la pena.)

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