La magia del privilegio.

El privilegio sesga y no te deja ver más allá de tu propia nariz. Nos ciega y nos aísla de las realidades distintas de las que orbitan alrededor de nuestros pies. Nos convierte en seres incapaces de reconocer el dolor ajeno de aquél que nos dice que estamos generando un daño. Nuestras situaciones de poder  pisotean las manos y las almas de aquelles que el sistema ha relegado a tener menos por ser diferentes. Nos separa del lado más cruel de una realidad que no espera, no acompaña y no cuida.

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El tipo amarillo.

Resultan curiosos los seres extraños que no siempre se encuentran con facilidad en la tierra de la calma. Cuando sales de un casi país para llegar a la isla más comarcal de todas, demuestras algo de valentía y un poco de decisión.

El tipo en cuestión se ríe de tu cara de lunes y parece feliz en la rutina que le lleva cada día a una oficina de gente seria, y después en su bar mira juegos a cuerpo y al suelo, que le acompañan hasta lugares de locos donde se queman muñecos en hogueras y se celebran festividades paganas.

A él le debo este invento y caída al vacío así que para él va la primera patada, gracias.

 

El cobarde.

Has cambiado.- Me dijo entre descansos de una relación a punto de morir.
Como si el cambio fuese mejor que quedarse estancado en el mismo punto eternamente. Para siempre.
Pude decirle muchísimas cosas, era la oportunidad perfecta para hacerle saber que los juegos mentales y los chantajes baratos no son justos ni correctos en una relación de iguales, que quererse bien es quererse bonito y quererse libres, libres de cambiar, de ir, de volver, de crecer, de empequeñecerse, de equivocarse, de arrepentirse.

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Goodbye.

Hace tiempo que no paso por tu mundo y me llamas ignorando el final inevitable de todo lo finito. Nuestro tiempo ha pasado igual que pasaron los días despreocupados llenos de ignorancia.

La barra que nos vió gobernar la noche sigue esperando un reencuentro que no va a suceder. Sigues siendo la reina del baile, y no voy a sacarte a bailar.

Te quiero, pero me tengo que ir.

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La cuenta atrás.

Ojalá ahora un abrazo tuyo diciéndome que tener las cosas claras no es malo. Que cambiar es adaptarse, la adaptación inteligencia. Ojalá mentiras piadosas.
Que me mientas.

Todavía tengo rayos de sol en la nuca pero hielo en las manos. El frío no me deja notar el peligro y me estrello. Sin frenos ni colchoneta, el dolor me despierta. ¿Sigo viva? Vivir es complacernos mientras respiramos y es consciencia del suspiro con probabilidades de ser el último.

Los que nos agobiamos por las posibilidades infinitas de la vida sabemos que nunca vamos a cumplir sueños. Somos más de construir muros que de alcanzar metas.

No me escuches, en realidad. De todos modos, es todo mentira. La verdad es una puta relativa que se cambia las bragas según quien venga. Cuando se trata de mí, nunca se las pone.

No pretendo ser profunda, el sentido de la vida me importa lo mismo que las verdades que escupen los que buscan herir. Pero, y esto te lo digo sin pretensión alguna, si no puedo dormir algo pesa y hoy es la inmensidad de todo.

El día que te vas y no vuelves debe ser en el que lo entiendes todo. Arrepentirse es para los curas, yo prefiero el regocijo de lo poco correcto, el orgullo de lo inaceptado y la cabeza alta de la puta sinceridad.

Los que han escrito sobre perderse lo hicieron cuando se encontraron. Los que vivimos perdidos no tenemos ni puta idea de dónde queda el encuentro.

Caminar por la ruta correcta debe ser algo así como un orgasmo en el momento justo. Claro que yo de eso, ni puta idea, he llegado aquí sin mapas.

Los objetivos son para los valientes que no temen no llegar nunca. Los cobardes preferimos la comodidad del sofá, lo confortable de la rutina. No es tan emocionante, pero mata igual.

Si me vuelves a sacar el tema me haré la loca.

Sonreír a la vida sigue siendo la forma más lógica de sonreirle a la muerte.