Disnea.

Con la sensación constante de estar atrapada en la corriente que me arrastra, sin aire y a punto de desvanecerme en algún momento, grito sin voz exigiendo a lo que me zarandea que me ahogue del todo o me escupa en cualquier orilla fangosa hasta gatear a tierra seca.

Y justo ahí, justo en el punto entre quedarme sin aire del todo o salir a la superficie, entre imágenes borrosas que me impiden aclarar si me encuentro más cerca del principio que del fin, Continuar leyendo “Disnea.”

El tipo amarillo.

Resultan curiosos los seres extraños que no siempre se encuentran con facilidad en la tierra de la calma. Cuando sales de un casi país para llegar a la isla más comarcal de todas, demuestras algo de valentía y un poco de decisión.

El tipo en cuestión se ríe de tu cara de lunes y parece feliz en la rutina que le lleva cada día a una oficina de gente seria, y después en su bar mira juegos a cuerpo y al suelo, que le acompañan hasta lugares de locos donde se queman muñecos en hogueras y se celebran festividades paganas.

A él le debo este invento y caída al vacío así que para él va la primera patada, gracias.

 

La posibilidad perdida.

Perdona por tardar en volver pero he estado mirando las nubes como si no pasara nada. ¿Te acuerdas de las promesas? Las hemos roto todas.

La que no fue, la que se fue. Todos tus discursos íntegros de pacifismo y respeto se vieron salpicados por el negro que escupió tu alma el día que decidiste juzgarme una y otra vez por no estar de acuerdo conmigo. Deja que te diga una cosa, no tienes ni idea de amistad.

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Equivocación 1.

Te has equivocado conmigo. Te equivocas. No soy buena, no pretendo serlo.
Soy clara, tajante, directa.
Te equivocas, desde el principio.
Nunca he pretendido ser la niña a la que convences mediante engaños camuflados de halagos que luego dejas llorando cuando ya te has cansado de pasar un rato entre sus piernas. Ni lo soy, ni lo he sido.
A tus copias las calo mas rápido que una gata caza moscas.

Entiendo tu enfado pero te falta justificación. Verás, no tienes razón. No puedes enfadarte por el libre albedrío que tenemos las demás de negarnos a pasar un minuto contigo. Puedes despreciarnos por eso, pero créeme, no serás más hombre.

Tus intentos de desmoralización me los paso por el mismo sitio que la esponja en la ducha, y se van igual que el agua, por el desagüe. Ni siquiera me sale escribirte algo decente porque para eso necesito una motivación mínimamente buena, y aquí, no la encuentro.

Andas disgustado como el niño sin juguete con el ego herido porque la niña que le gustaba se lo rompió en el parque. Y ni siquiera tienes juguete.

Los aguijones de la avispa que nunca ves venir.

Dame un poco de tregua.

Quiero decir, no sé, soy nueva en esto. Tal vez me haya perdido, o me haya encontrado. Del todo puedo decirte que si algo soy es sincera. No es algo opcional, es inevitable. Mi cara siempre será un reflejo directo del sentimiento que me recorre el cuerpo. Más que un superpóder es una maldición; me da más disgustos que alegrías. Pero el caso es, que así soy. Y bastante trabajo me ha costado llegar hasta aquí como para decidir ahora que no me quiero. Y una mierda. Prefiero quererme a mí que a ti, siempre que cuando hable de ti sea de ti y no de otra persona. A otras personas sí prefiero quererlas. Pero a ti no.

99 por ciento sinceridad. No te mentía.

No me gusta escribir en negativo. En negativo sobre otros digo, sobre sentimientos igual si. Lo que decía, que quererte a ti resta más que suma. Nunca me han gustado las matemáticas, así que si me tengo que poner a hacer cuentas para sostener una relación, la puerta va a terminar cerrada. Y así ha terminado, cerrada. Pero con maderas atornilladas. Mi parte favorita son las flechas que lanzas desde la distancia con toda la intención de herirme, que yo recibo con cara rara y toneladas de indiferencia.

Si tuviera que definirte diría que eres la almohada que se convierte en víbora. Ese lugar en el que te recuestas cómodo y que al final acaba envenenándote hasta hacer dudar de tu propia piel. No, gracias. Para herirme y para quererme me basto y me sobro.

Si te apetece puedes hasta gritarme, culparme o seguir en tu intento vano de molestarme. Buena suerte. Estoy acostumbrada a ser la villana de todas las películas de mi vida. Lo que te decía antes; la maldición de la sinceridad. Ser yo misma sale caro pero no me imagino en otro supuesto que no sea buceando en mis tinieblas. Sí, también soy masoquista, todo un partidazo. Me da igual, me quiero más a mí. Me encanta retorcerme las heridas, meter el dedo en la llaga, que escueza, exprimirlo y grabar el papel más con sangre que con letras.

Y tu no eres tan especial como crees. Tal vez mi problema esté en no tener ningún problema con ser lo normal que la gente cree que soy. Pero qué hay de malo en lo ordinario, dime ¿qué?. Creerte especial es solo otra forma de creerte superior, y mira, a mí las clases me dan mucha pereza.

Léeme bien porque es la última vez que te escribo. No soy especial, pero iba a cuidarte mucho. La disponibilidad de secar tus lágrimas y guardar tus abrazos se ha perdido entre los juicios de valor que has decidido escupirme sin escrúpulos, entre la hipocresía que vistes con principios retorcidos reducidos a tu conveniencia. La inutilidad de valorar la oportunidad perdida se extiende por todas mis venas. La llegada de la indiferencia señala que la muerte está tocando al timbre de la puerta. Antes de olvidarnos del todo, te digo, voy a morder bien la pluma hasta exprimir toda la tinta, a abrazar mi sueño con toda mi garra y a mandarte lo más lejos, a la mierda.

Hasta nunca a toda tu envidia mal gestionada desde el intento de construir una vida extraordinariamente normal.

Sé feliz y no me busques,
porque me encontrarás.