Mi canción favorita.

Las noches que no puedo dormir me vienes a la mente como algo mejor de lo que suelo recordar. Me venís, vosotros, así, en general, aquéllos creéis conocer mi vida, mis pasos y mis colores. Y te recuerdo juzgando cada movimiento que he hecho. Y aún así, a veces, te echo de menos.

Pero eso es problema mío, no tuyo.

Echo de menos pero no a ti, porque en realidad, lo que recuerdo no eres tu. Solo son sombras de lo que algún día creí tener.

Y sigues empeñándote en creer que me conoces, y no, no es así.

No sabes cómo entiendo el mundo, las preguntas que me hago, o por qué lloro a veces.

No tienes ni idea.

No sabes dónde he estado, cómo me he sentido, o lo que he fracasado.

Y aún así, insistes.

Insistís, en plural, porque a veces eres uno, y a veces sois varios.

Y os creéis con derecho a desechar palabras que pican como el sol de Agosto.

Y seguís actuando como si conocieseis cada esquina de mi vida.

Y pensáis que la verdad está en vuestras manos, con la misma legitimidad que perpetuáis vuestro odio hacia aquello que creéis conocer.

Y no, mis actos no son premeditaciones a propósito para ocasionarte malestar; estás en proceso de darme exactamente igual.

Y esto te lo digo, porque a pesar de todo ello, aún crees que me conoces, sin conocer siquiera, mi canción favorita.

Después de tantos años, sigues sin saber quién soy.

Alguien.

Alguien. Una persona. Quién sea. Pero que te abrace y se te pase todo. Alguien que te mire y sepa tu estado de ánimo. Alguien que te conozca mejor que tu madre, que tu padre, que tu hermana, que tu prima, mejor que tu misma. Alguien capaz de hacerte reír en el momento más amargo y horrible de tu vida. Alguien con luz. Alguien que te de los buenos días con besos, y las buenas noches con abrazos. Alguien que te quiera de forma incondicional, irrompible, ilimitada. Pero que te quiera bien, que te quiera libre, que te quiera feliz, aunque ese feliz no le incluya. Alguien con barba, o sin ella, pero con una sonrisa arrolladora. Alguien dispuesta a compartir su vida, toda la vida. Alguien que comprenda que la vida es amor, felicidad y sonrisas, pero que también sepa que es dolor, desesperanza y llanto. Alguien que cuando todos los demás salgan corriendo, se quede. Alguien que no huya, que no te decepcione, que no te ignore, que no cierre los ojos al dolor. Alguien que haga de tus problemas los suyos, de tu tristeza la suya, que entienda tus lágrimas como lo más amargo de este mundo. Alguien que te entienda cuando ni tu lo haces. Alguien objetivo en momentos subjetivos. Alguien que no prometa, que lo haga y punto, sin avisos ni falsos juramentos de falsas esperanzas. Porque las promesas se rompen rompiéndolo todo con ellas, pero los actos se cumplen al momento permaneciendo intactos en la memoria. Alguien con fe en ti, con esperanza inagotable. Alguien con chistes tontos en las mangas, uno o dos por cada mal día. Alguien que sin paredes, ni suelo, ni techo, te haga sentir en casa. Alguien que no cambie como la posición de la luna, que sea como el sol, que siempre esté ahí. Quédate con alguien así. Con alguien así, y con nadie más.

Si me lo hubieses pedido.

– Si me lo hubieses pedido, me habría ido contigo. Lo habría dejado todo por irme contigo. Si hace 3 años, cuando nos despedimos, me hubieses pedido que cruzase medio mundo solo para venir hasta aquí, contigo, habría dicho que sí. Te habría dicho que sí un millón de veces. No habría dudado ni una milésima de  segundo, habría gastado mi vida en esta ciudad, o en cualquier otra, te habría seguido una y otra vez, todas las veces que me lo hubieses pedido. Y ahora estaríamos tirados en el sofá viendo cualquier película horrible en lugar de estar diciéndonos adiós por enésima vez. Pero jamás me lo habrías pedido, jamás me lo pedirías, no das pasos egoístas, porque sabes que el amor no es eso, porque sabes que el amor no es así. Solo quería que lo supieras, que habría dicho que sí, por si  alguna vez pensaste en pedírmelo. Eso, y que cuando te fuiste, se paró el mundo.
 
– …Si me lo hubieses pedido, me habría quedado. Lo habría dejado todo por quedarme contigo.
 
– Jamás te lo habría pedido.
 
– Yo tampoco.
 
 
 
FIN.

La vida sigue… sin ti.

Para bien o para mal, por ego o por orgullo, por mal humor o rencor, las cosas vienen como vienen y una las afronta como buenamente puede. Somos la suma de nuestras situaciones, de nuestras circunstancias, estamos expuestos a un efecto dominó que puede hacer de una pequeña chispa una explosión que descoloque hasta el mínimo detalle.
Y una lo afronta, como malamente puede.
Las relaciones humanas se me escapan, se escapan de mi entendimiento como el agua de las manos, hay cosas que jamás entenderé por más que le dedique horas, minutos, segundos y neuronas. Todos queremos tener razón y nadie quiere sufrir o ser dañado, difícil combinación de imposibilidad elevada. Lo único que podemos hacer es elegir, ceder o sufrir, aguantar, dejarlo pasar, explotar. ¿Te compensa? ¿Merece la pena? Qué lío, qué difícil todo, ¿por qué no vendremos con instrucciones? Instrucciones imposibles sobre relaciones egocéntricas. Porque sí, aquí todos somos egoístas, y el que diga que no, miente, miente mucho. Se miente a sí mismo,a ti, a mí, y a todos.
El ego, ese gran problema. Cuando te desprendes de él, todo es mucho más fácil, pero claro ¿eso cómo se hace? Aquí faltan otras instrucciones; Instrucciones improbables para deshacerse del ego cargante. Está bien quererse a sí mismo, tener amor propio, conocer lo que valemos. Está mal poner tu ego por delante de según qué o de según quién, sobre todo si ese según quién es importante. Aunque claro, si pones el ego por delante ese quién no será tan importante, o al menos no tan importante como se creía.
Para romper una relación basta cualquier motivo, los hay de todo tipo, color, olor y peso, igual que cualquier relación se puede romper, cualquier pequeña piedra puede hacer que todo termine. Hay relaciones que terminan y desatan un huracán. Las hay que terminan…. y no pasa nada. Todo sigue igual, el sol sigue saliendo, la herida está ahí, pero no pica, no duele, no se siente. Será que el desgaste emocional es tan grande que más que una despedida es una liberación, porque cuando una persona cambia tal vez los motivos para alejarse son más pesados que los que unen y ha llegado el momento de separarse, por un tiempo o para siempre.
Tal vez ahora todo esté dormido. Tal vez algún día despierte y duela a rabiar. Tal vez no pase nada y la vida siga sin más, con rutina y normalidad. Lo que si sé seguro es que te echaré de menos independientemente de la ínfima posibilidad de volver a verte, aunque eso es algo mío y personal que te garantizo arreglaré porque la vida sigue, contigo… o sin ti.

Nostalgias rutinarias y amores aburridos.

A veces, en el tejido constante de la rutina, echo de menos cosas.

La nostalgia llega, siempre, sin avisar, y yo siempre me pregunto cómo puede ser posible tener nostalgia de ti, si te tengo sentado a mi lado.

Pero sí, echo de menos, y lo hago de tal manera que me pierdo en ello todo el tiempo, cada momento, cada segundo. Siempre distraída, siempre en las nubes.
No soy una ilusa, soy realista, abandoné tiempo atrás la idea del amor romántico, del amor apasionado, del amor loco. Y lo echo de menos. Echo de menos la forma en que me miras, a veces, como si la rotación de la tierra estuviese ligada a mí, como si girase única y exclusivamente porque yo estoy en ella. Que me soples a los ojos mientras duermo, para abrirlos y verte mirándome, y ver mis ojos en los tuyos, y perdernos en la profundidad que nos tenemos. Tu mano en mi espalda acercándome a ti, porque no quieres que haya ni un solo soplo de aire entre nosotros. Tu respiración en mi cuello, y quedarnos quietos, abrazados, teniéndolo todo. Que no quieras que de ni un paso, porque me quieres a tu lado. Tu mano en la mía, con apretones que significan más que mil palabras juntas. Mi mano por tu pelo, la tuya en mi cintura, estando juntos. Porque estar en el mismo sitio no tiene por qué significar estar juntos, te echo de menos.

Y luego veo una película de amor, de esas en que todo es perfecto hasta el final, y me quedo nostálgica perdida días y días. Estás ahí, sin mirarme, sin tocarme, y yo me aburro, porque la rutina mata hasta el fuego más arraigado y extendido de todos. Y me sorprendo preguntándote si me quieres, y tu te irritas porque lo dude, y yo no dudo, pero no lo siento. ¿Qué puedo hacer si me falta profundidad, intensidad, pasión? ¿Qué puedo hacer si, aunque lo niegue y no quiera serlo, soy romántica por nacimiento? ¿Qué puedo hacer si siento estar tan enamorada que se me parten hasta los huesos? Y eso que no siempre me caes bien, y eso que a veces, te odio. Sobre todo te odio por quererte tanto. Ojalá te quisiese menos, al menos, un poco menos.

Al final, te miro y se me pasa todo. Y me dices que te vas a dejar el pelo largo, y yo sonrío y te imagino con melena. Es mentira, no te imagino, siempre has sido de pelo corto. Pero lo intento y solo me veo a mí más enamorada, y pienso que no, que eso no es posible. En realidad, estarías guapísimo. Y a mí, a mi me da igual, porque te quiero, y ya está.