La magia del privilegio.

El privilegio sesga y no te deja ver más allá de tu propia nariz. Nos ciega y nos aísla de las realidades distintas de las que orbitan alrededor de nuestros pies. Nos convierte en seres incapaces de reconocer el dolor ajeno de aquél que nos dice que estamos generando un daño. Nuestras situaciones de poder  pisotean las manos y las almas de aquelles que el sistema ha relegado a tener menos por ser diferentes. Nos separa del lado más cruel de una realidad que no espera, no acompaña y no cuida.

El privilegio engaña y maquilla haciéndote sentir bien en un mundo de mierda, que se desmorona a pedazos arrancando las entrañas de los más desafortunados; pobre del que intente cambiar su realidad y se encuentre ahogado en un mar de sangre o clavado en un muro de alambre. Y niegas con la cabeza mientras masticas y tragas la comida intentando fingir una empatía que, no hace falta que mientas, no te sale.

El privilegio camufla el dolor insoportable de las tragedias que nos devoran, mientras nos escondemos en nuestras comodidades para no tener que tomar decisiones decisivas en las que tal vez perdamos la vida pero cambiemos el mundo. El privilegio es listo, sabe cómo mantener tu culo inmóvil ajeno al mundo.

El privilegio argumenta y te convence de que tienes la razón siendo la persona opresora en situaciones diarias, es el que te miente al oído cuando alguien dice que te analices, gilipollas, el comportamiento culturalmente adquirido que está fomentando la desigualdad

El privilegio te dice que tu realidad es la única, la real y la válida. Tu maldito privilegio es el que invalida el respeto y la libertad de otros, y te hace quedar en ridículo cuando intentas dar lecciones a quienes no cuentan con tu suerte y tu posición en una sociedad clasista, racista y machista.

Es verdad, perdona, en realidad no estamos tan mal, ¿verdad?.

¿Lo ves? Es la magia del privilegio.

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