La derrota.

Me han vuelto a llamar para volver al frente, y por primera vez desde que empezó la guerra, he dicho que no. Por primera vez en catorce años he decidido dejar de luchar contra muros gigantes e inamovibles que intentaba derrumbar a puñetazos con las manos desnudas. Me rompí las manos, las muñecas y la certeza, de tantos intentos inútiles tratando de derribar cimientos levantados durante generaciones y generaciones de creencias que no comparto, y por primera vez, he sido capaz de dejarlos ahí, de aceptar que hay cosas que jamás se van a poder cambiar aunque empeñes tu vida a ello. Por primera vez he abandonado la esperanza y la fé, rindiéndome ante la corriente que me arrastraba una y otra vez.

Y con la rendición llegó el fin de la guerra, pero sobre todo la tranquilidad y la libertad de haber soltado las cadenas que me impedían salir a respirar.

Ahora mi vida es mía, y de nadie más.

Y el mundo es un poco menos justo, pero respiro más profundo y han brotado flores donde solo había rencor.

Sé que la pérdida es incanculable, pero es necesario aceptar que ciertas cosas están ya perdidas antes de llegar siquiera a existir.

No espero que me perdones por haberte abandonado en la ciudad abatida en la que vives por elección propia; no me he planteado tampoco pedírtelo, ante la seguridad de saber que he perdido años de vida y ganado cicatrices profundas que tal vez no cierren nunca.

Dejaré pasar otro día con la certeza de que es necesario aceptar derrotas antes del derramamiento de sangre, sobre todo cuando sabes que la única sangre que se va a derramar, es la propia.

 

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