El cuervo.

Todo el veneno y todo el odio han ido adentrándose poco a poco, creando una membrana oscura recubriendo lo que late dentro de mi pecho, dejando pocas partes vulnerables a tanta mierda.

Donde al pinchar debería correr un hilo de sangre, se rompe la aguja dejando intacto el mecanismo que oxigena lo que da brillo a mis ojos. El tejido cicatrizal que me recubre por completo hace las veces de armadura, después de tantas y tantas puntadas hirientes que en lugar de hundirme han formado el escudo que te agota; al principio me hundías, ahora observo incrédula y me corroe la incógnita no resuelta, por intentar entender qué hay en mí que te provoque tal aversión.

Tengo el corazón negro de todas las veces que me has deseado cosas malas y la suerte ha seguido sonriéndome mientras yo le cogía la mano.

Es cierto que en ocasiones me sobrecoge que me quieras tanto mal, y otras sin más, me fascina la cantidad de odio capaz de guardarse dentro de una única persona.

El día que te abras en canal te van a salir litros de alquitrán de dentro.

Tampoco es que esté diciendo ser la santa que no soy, porque probablemente merezco cada ápice de tus malas intenciones; lo que quiero decir es que siempre es curioso el sacrificio de la felicidad propia por odiar a muerte a otros, al menos para mí.

Al final el odio es como el amor, une y ata con fuerza en contra de la voluntad de quien lo sufre.

Ahora el cuervo nos mira y sonríe.

Seguimos ligadas la una a la otra por el odio profundo que nos hemos jurado.

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