La casualidad.

Tocó a la puerta un día que yo no debía estar en casa pero estaba y me hizo replantearme si la vida es sarcásticamente cruel o tiene un sentido del humor extremo.

Otro día me la encontré en un país al otro lado del mundo donde se suponía que debía ser el último lugar en el que sucediese algo familiar y entrañable, obligándome a cuestionar si hay destino o plan divino que nos empuja de forma inevitable a caer por el precipicio. Continuar leyendo «La casualidad.»

El columpio.

La inutilidad de hacerse mayor nos engaña haciéndonos creer que seremos importantes algún día y que para eso debemos abandonar los sueños que establecieron los cimientos de lo que somos hoy.

La rutina es importante, pero a ratos me parece que si no construyo un fuerte con cojines en el salón el mundo acabará explotando entre tanta responsabilidad y racionalidad que nos distancia de la locura que deberíamos dejar correr de vez en cuando. Continuar leyendo «El columpio.»

El mar.

Hay un susurro ensordecedor en mi oído y no es ruido, es la brisa que me llama invadiendo cada espacio vacío, indicándome que respire despacio mientras inhalo la sal que al final me quedará en la piel como prueba determinante del delito.

La inmensidad formada por gotas me mira y se mece con fuerza ignorando los pies que están a punto de romperla. O te rompo a nado o me rompes tu a mí. Continuar leyendo «El mar.»

Tiempo de caridad.

Resulta que la felicidad estaba escondida detrás del tiempo de cuidado que me robaron hace veinte meses, y que lleva quemándome en las pupilas desde entonces impidiéndome mirar.

Resulta que he sido incapaz de normalizar el desapego, que mi pecho no ha sabido congelar las emociones que me han roto en diez mil trozos haciéndome explotar.

Continuar leyendo «Tiempo de caridad.»

La cuenta atrás.

Ojalá ahora un abrazo tuyo diciéndome que tener las cosas claras no es malo. Que cambiar es adaptarse, la adaptación inteligencia. Ojalá mentiras piadosas.
Que me mientas.

Todavía tengo rayos de sol en la nuca pero hielo en las manos. El frío no me deja notar el peligro y me estrello. Sin frenos ni colchoneta, el dolor me despierta. ¿Sigo viva? Vivir es complacernos mientras respiramos y es consciencia del suspiro con probabilidades de ser el último.

Los que nos agobiamos por las posibilidades infinitas de la vida sabemos que nunca vamos a cumplir sueños. Somos más de construir muros que de alcanzar metas.

No me escuches, en realidad. De todos modos, es todo mentira. La verdad es una puta relativa que se cambia las bragas según quien venga. Cuando se trata de mí, nunca se las pone.

No pretendo ser profunda, el sentido de la vida me importa lo mismo que las verdades que escupen los que buscan herir. Pero, y esto te lo digo sin pretensión alguna, si no puedo dormir algo pesa y hoy es la inmensidad de todo.

El día que te vas y no vuelves debe ser en el que lo entiendes todo. Arrepentirse es para los curas, yo prefiero el regocijo de lo poco correcto, el orgullo de lo inaceptado y la cabeza alta de la puta sinceridad.

Los que han escrito sobre perderse lo hicieron cuando se encontraron. Los que vivimos perdidos no tenemos ni puta idea de dónde queda el encuentro.

Caminar por la ruta correcta debe ser algo así como un orgasmo en el momento justo. Claro que yo de eso, ni puta idea, he llegado aquí sin mapas.

Los objetivos son para los valientes que no temen no llegar nunca. Los cobardes preferimos la comodidad del sofá, lo confortable de la rutina. No es tan emocionante, pero mata igual.

Si me vuelves a sacar el tema me haré la loca.

Sonreír a la vida sigue siendo la forma más lógica de sonreirle a la muerte.