El cuervo.

Todo el veneno y todo el odio han ido adentrándose poco a poco, creando una membrana oscura recubriendo lo que late dentro de mi pecho, dejando pocas partes vulnerables a tanta mierda.

Donde al pinchar debería correr un hilo de sangre, se rompe la aguja dejando intacto el mecanismo que oxigena lo que da brillo a mis ojos. El tejido cicatrizal que me recubre por completo hace las veces de armadura, después de tantas y tantas puntadas hirientes que en lugar de hundirme han formado el escudo que te agota; al principio me hundías, ahora observo incrédula y me corroe la incógnita no resuelta, por intentar entender qué hay en mí que te provoque tal aversión.

Tengo el corazón negro de todas las veces que me has deseado cosas malas y la suerte ha seguido sonriéndome mientras yo le cogía la mano.

Es cierto que en ocasiones me sobrecoge que me quieras tanto mal, y otras sin más, me fascina la cantidad de odio capaz de guardarse dentro de una única persona.

El día que te abras en canal te van a salir litros de alquitrán de dentro.

Tampoco es que esté diciendo ser la santa que no soy, porque probablemente merezco cada ápice de tus malas intenciones; lo que quiero decir es que siempre es curioso el sacrificio de la felicidad propia por odiar a muerte a otros, al menos para mí.

Al final el odio es como el amor, une y ata con fuerza en contra de la voluntad de quien lo sufre.

Ahora el cuervo nos mira y sonríe.

Seguimos ligadas la una a la otra por el odio profundo que nos hemos jurado.

Equivocación 1.

Te has equivocado conmigo. Te equivocas. No soy buena, no pretendo serlo.
Soy clara, tajante, directa.
Te equivocas, desde el principio.
Nunca he pretendido ser la niña a la que convences mediante engaños camuflados de halagos que luego dejas llorando cuando ya te has cansado de pasar un rato entre sus piernas. Ni lo soy, ni lo he sido.
A tus copias las calo mas rápido que una gata caza moscas.

Entiendo tu enfado pero te falta justificación. Verás, no tienes razón. No puedes enfadarte por el libre albedrío que tenemos las demás de negarnos a pasar un minuto contigo. Puedes despreciarnos por eso, pero créeme, no serás más hombre.

Tus intentos de desmoralización me los paso por el mismo sitio que la esponja en la ducha, y se van igual que el agua, por el desagüe. Ni siquiera me sale escribirte algo decente porque para eso necesito una motivación mínimamente buena, y aquí, no la encuentro.

Andas disgustado como el niño sin juguete con el ego herido porque la niña que le gustaba se lo rompió en el parque. Y ni siquiera tienes juguete.

Fuera de peligro.

Al borde del precipicio las vistas son más bonitas pero el vértigo no te deja respirar. Todo lo que un día aborreciste te parece más esencial que los primeros rayos de primavera. Será que somos todos muy valientes hasta que el lobo nos arranca las orejas.
El momento en el que crees tenerlo todo bajo control bajas la guardia y acabas con un pie en el vacío intentando hacer equilibrios imposibles entre la culpa y la incomprensión de cómo coño hemos llegado a este punto. Nos hemos creído invencibles, infinitos, inmortales, y nos lo hemos creído tan bien que ha venido la vida a partirnos la cara.
Nos ha pillado la realidad sin fuerzas enseñándonos a hostia limpia que los amores eternos son la ficción más deseada de la historia y que nosotros, amor mío, no íbamos a ser diferentes. Nos hemos creído especiales mientras pagamos por ello las consecuencias de ir sin frenos. Me he quedado con la cara blanca y el corazón a trozos en la mano con la absurda esperanza de estar metida en una pesadilla horrible de la que en algún momento me vas a despertar.
Pero no.
Bienvenida al mundo real, querida.
Sintiendo el frío que ha crecido de repente de la nada entre nosotros me pregunto si será, si será que lo hemos hecho todo mal, si será que el amor es la mentira inventada y mayor explotada para que la existencia no nos duela tanto. Y mientras me congelo espero que cruces el mar que hemos helado a nado para darme un abrazo y decirme que tranquila, que estos son los sustos normales de la vida, que vamos a solucionarlo con un montón de palomitas, risas y chocolate. Pero sigues al otro lado igual de congelado, que yo, que nosotros, que nuestros días. Qué nos está pasando, joder, qué.
Espero que sepas coser un descosido o descongelar un continente, que decidas quedarte a luchar contra nuestros monstruos mientras volvemos a ser conscientes de que somos igual de especiales que el resto de gente que intenta quererse sin tener ni puta idea de lo que estamos haciendo.
Quédate y empezamos el deshielo.

Los aguijones de la avispa que nunca ves venir.

Dame un poco de tregua.

Quiero decir, no sé, soy nueva en esto. Tal vez me haya perdido, o me haya encontrado. Del todo puedo decirte que si algo soy es sincera. No es algo opcional, es inevitable. Mi cara siempre será un reflejo directo del sentimiento que me recorre el cuerpo. Más que un superpóder es una maldición; me da más disgustos que alegrías. Pero el caso es, que así soy. Y bastante trabajo me ha costado llegar hasta aquí como para decidir ahora que no me quiero. Y una mierda. Prefiero quererme a mí que a ti, siempre que cuando hable de ti sea de ti y no de otra persona. A otras personas sí prefiero quererlas. Pero a ti no.

99 por ciento sinceridad. No te mentía.

No me gusta escribir en negativo. En negativo sobre otros digo, sobre sentimientos igual si. Lo que decía, que quererte a ti resta más que suma. Nunca me han gustado las matemáticas, así que si me tengo que poner a hacer cuentas para sostener una relación, la puerta va a terminar cerrada. Y así ha terminado, cerrada. Pero con maderas atornilladas. Mi parte favorita son las flechas que lanzas desde la distancia con toda la intención de herirme, que yo recibo con cara rara y toneladas de indiferencia.

Si tuviera que definirte diría que eres la almohada que se convierte en víbora. Ese lugar en el que te recuestas cómodo y que al final acaba envenenándote hasta hacer dudar de tu propia piel. No, gracias. Para herirme y para quererme me basto y me sobro.

Si te apetece puedes hasta gritarme, culparme o seguir en tu intento vano de molestarme. Buena suerte. Estoy acostumbrada a ser la villana de todas las películas de mi vida. Lo que te decía antes; la maldición de la sinceridad. Ser yo misma sale caro pero no me imagino en otro supuesto que no sea buceando en mis tinieblas. Sí, también soy masoquista, todo un partidazo. Me da igual, me quiero más a mí. Me encanta retorcerme las heridas, meter el dedo en la llaga, que escueza, exprimirlo y grabar el papel más con sangre que con letras.

Y tu no eres tan especial como crees. Tal vez mi problema esté en no tener ningún problema con ser lo normal que la gente cree que soy. Pero qué hay de malo en lo ordinario, dime ¿qué?. Creerte especial es solo otra forma de creerte superior, y mira, a mí las clases me dan mucha pereza.

Léeme bien porque es la última vez que te escribo. No soy especial, pero iba a cuidarte mucho. La disponibilidad de secar tus lágrimas y guardar tus abrazos se ha perdido entre los juicios de valor que has decidido escupirme sin escrúpulos, entre la hipocresía que vistes con principios retorcidos reducidos a tu conveniencia. La inutilidad de valorar la oportunidad perdida se extiende por todas mis venas. La llegada de la indiferencia señala que la muerte está tocando al timbre de la puerta. Antes de olvidarnos del todo, te digo, voy a morder bien la pluma hasta exprimir toda la tinta, a abrazar mi sueño con toda mi garra y a mandarte lo más lejos, a la mierda.

Hasta nunca a toda tu envidia mal gestionada desde el intento de construir una vida extraordinariamente normal.

Sé feliz y no me busques,
porque me encontrarás.

La vida sigue… sin ti.

Para bien o para mal, por ego o por orgullo, por mal humor o rencor, las cosas vienen como vienen y una las afronta como buenamente puede. Somos la suma de nuestras situaciones, de nuestras circunstancias, estamos expuestos a un efecto dominó que puede hacer de una pequeña chispa una explosión que descoloque hasta el mínimo detalle.
Y una lo afronta, como malamente puede.
Las relaciones humanas se me escapan, se escapan de mi entendimiento como el agua de las manos, hay cosas que jamás entenderé por más que le dedique horas, minutos, segundos y neuronas. Todos queremos tener razón y nadie quiere sufrir o ser dañado, difícil combinación de imposibilidad elevada. Lo único que podemos hacer es elegir, ceder o sufrir, aguantar, dejarlo pasar, explotar. ¿Te compensa? ¿Merece la pena? Qué lío, qué difícil todo, ¿por qué no vendremos con instrucciones? Instrucciones imposibles sobre relaciones egocéntricas. Porque sí, aquí todos somos egoístas, y el que diga que no, miente, miente mucho. Se miente a sí mismo,a ti, a mí, y a todos.
El ego, ese gran problema. Cuando te desprendes de él, todo es mucho más fácil, pero claro ¿eso cómo se hace? Aquí faltan otras instrucciones; Instrucciones improbables para deshacerse del ego cargante. Está bien quererse a sí mismo, tener amor propio, conocer lo que valemos. Está mal poner tu ego por delante de según qué o de según quién, sobre todo si ese según quién es importante. Aunque claro, si pones el ego por delante ese quién no será tan importante, o al menos no tan importante como se creía.
Para romper una relación basta cualquier motivo, los hay de todo tipo, color, olor y peso, igual que cualquier relación se puede romper, cualquier pequeña piedra puede hacer que todo termine. Hay relaciones que terminan y desatan un huracán. Las hay que terminan…. y no pasa nada. Todo sigue igual, el sol sigue saliendo, la herida está ahí, pero no pica, no duele, no se siente. Será que el desgaste emocional es tan grande que más que una despedida es una liberación, porque cuando una persona cambia tal vez los motivos para alejarse son más pesados que los que unen y ha llegado el momento de separarse, por un tiempo o para siempre.
Tal vez ahora todo esté dormido. Tal vez algún día despierte y duela a rabiar. Tal vez no pase nada y la vida siga sin más, con rutina y normalidad. Lo que si sé seguro es que te echaré de menos independientemente de la ínfima posibilidad de volver a verte, aunque eso es algo mío y personal que te garantizo arreglaré porque la vida sigue, contigo… o sin ti.