El cuervo.

Todo el veneno y todo el odio han ido adentrándose poco a poco, creando una membrana oscura recubriendo lo que late dentro de mi pecho, dejando pocas partes vulnerables a tanta mierda.

Donde al pinchar debería correr un hilo de sangre, se rompe la aguja dejando intacto el mecanismo que oxigena lo que da brillo a mis ojos. El tejido cicatrizal que me recubre por completo hace las veces de armadura, después de tantas y tantas puntadas hirientes que en lugar de hundirme han formado el escudo que te agota; al principio me hundías, ahora observo incrédula y me corroe la incógnita no resuelta, por intentar entender qué hay en mí que te provoque tal aversión.

Tengo el corazón negro de todas las veces que me has deseado cosas malas y la suerte ha seguido sonriéndome mientras yo le cogía la mano.

Es cierto que en ocasiones me sobrecoge que me quieras tanto mal, y otras sin más, me fascina la cantidad de odio capaz de guardarse dentro de una única persona.

El día que te abras en canal te van a salir litros de alquitrán de dentro.

Tampoco es que esté diciendo ser la santa que no soy, porque probablemente merezco cada ápice de tus malas intenciones; lo que quiero decir es que siempre es curioso el sacrificio de la felicidad propia por odiar a muerte a otros, al menos para mí.

Al final el odio es como el amor, une y ata con fuerza en contra de la voluntad de quien lo sufre.

Ahora el cuervo nos mira y sonríe.

Seguimos ligadas la una a la otra por el odio profundo que nos hemos jurado.

La derrota.

Me han vuelto a llamar para volver al frente, y por primera vez desde que empezó la guerra, he dicho que no. Por primera vez en catorce años he decidido dejar de luchar contra muros gigantes e inamovibles que intentaba derrumbar a puñetazos con las manos desnudas. Me rompí las manos, las muñecas y la certeza, de tantos intentos inútiles tratando de derribar cimientos levantados durante generaciones y generaciones de creencias que no comparto, y por primera vez, he sido capaz de dejarlos ahí, de aceptar que hay cosas que jamás se van a poder cambiar aunque empeñes tu vida a ello. Por primera vez he abandonado la esperanza y la fé, rindiéndome ante la corriente que me arrastraba una y otra vez.

Y con la rendición llegó el fin de la guerra, pero sobre todo la tranquilidad y la libertad de haber soltado las cadenas que me impedían salir a respirar.

Ahora mi vida es mía, y de nadie más.

Y el mundo es un poco menos justo, pero respiro más profundo y han brotado flores donde solo había rencor.

Sé que la pérdida es incanculable, pero es necesario aceptar que ciertas cosas están ya perdidas antes de llegar siquiera a existir.

No espero que me perdones por haberte abandonado en la ciudad abatida en la que vives por elección propia; no me he planteado tampoco pedírtelo, ante la seguridad de saber que he perdido años de vida y ganado cicatrices profundas que tal vez no cierren nunca.

Dejaré pasar otro día con la certeza de que es necesario aceptar derrotas antes del derramamiento de sangre, sobre todo cuando sabes que la única sangre que se va a derramar, es la propia.

 

Disnea.

Con la sensación constante de estar atrapada en la corriente que me arrastra, sin aire y a punto de desvanecerme en algún momento, grito sin voz exigiendo a lo que me zarandea que me ahogue del todo o me escupa en cualquier orilla fangosa hasta gatear a tierra seca.

Y justo ahí, justo en el punto entre quedarme sin aire del todo o salir a la superficie, entre imágenes borrosas que me impiden aclarar si me encuentro más cerca del principio que del fin, Continuar leyendo “Disnea.”

La magia del privilegio.

El privilegio sesga y no te deja ver más allá de tu propia nariz. Nos ciega y nos aísla de las realidades distintas de las que orbitan alrededor de nuestros pies. Nos convierte en seres incapaces de reconocer el dolor ajeno de aquél que nos dice que estamos generando un daño. Nuestras situaciones de poder  pisotean las manos y las almas de aquelles que el sistema ha relegado a tener menos por ser diferentes. Nos separa del lado más cruel de una realidad que no espera, no acompaña y no cuida.

Continuar leyendo “La magia del privilegio.”

El tipo amarillo.

Resultan curiosos los seres extraños que no siempre se encuentran con facilidad en la tierra de la calma. Cuando sales de un casi país para llegar a la isla más comarcal de todas, demuestras algo de valentía y un poco de decisión.

El tipo en cuestión se ríe de tu cara de lunes y parece feliz en la rutina que le lleva cada día a una oficina de gente seria, y después en su bar mira juegos a cuerpo y al suelo, que le acompañan hasta lugares de locos donde se queman muñecos en hogueras y se celebran festividades paganas.

A él le debo este invento y caída al vacío así que para él va la primera patada, gracias.